Productos en aerosol: cuando la tecnología mejora la calidad de vida

Productos en aerosol: cuando la tecnología mejora la calidad de vida

Historia

Desde la antigüedad siempre se han buscado formas de «vaporizar» una esencia para esparcirla en un ambiente o en la piel.
Por ejemplo, los dispensadores de perfumes de bomba fueron ya ampliamente usados hace decenios por nuestros mayores. Pero la bomba tiene un límite importante: no dispersa las gotas de forma uniforme. Con gotas iguales y dirigidas a un punto en concreto hubiera sido útil poder rociar otro tipo de productos de aplicación complicada y laboriosa.
La solución no apareció hasta 1926, cuando el noruego Eric Rotheim presentó la primera patente de «dispensador de aerosoles» (comúnmente llamado «espray”)
Desafortunadamente, como ha sucedido a menudo en la historia, en la Segunda Guerra Mundial es cuándo los hombres comienzan a encontrar aplicaciones prácticas para este producto.
Los soldados estadounidenses, en el Pacífico, descubrieron que además de hacer la guerra contra los japoneses también tenían que luchar contra… ¡¡Mosquitos! En este momento los primeros productos en aerosol, con una función insecticida, hacen su aparición.
La practicidad del sistema de aerosol logra tal éxito que, desde el primer período de posguerra, hay muchos productos que comienzan a venderse con esta forma de envasado.
A partir de esos años todo es una proliferación de aplicaciones: insecticidas, perfumes, desodorantes, lacas para el cabello (nacidas en los años 60), espumas de afeitar, cremas para cocinar, pinturas, lubricantes, pulimentos, productos farmacéuticos, etc.

Cómo funciona

 El recipiente es metálico, bien resistente y sellado, y contiene un gas junto con el producto a rociar.
Por encima del recipiente hay una válvula que, bajo la acción de la presión interna del contenedor, actúa como tapa al recipiente, con un sellado perfecto, al menos hasta que presione la válvula con un dedo, permitiendo así que el producto salga de manera controlada.
Debajo de la válvula se conecta un tubo que llega al fondo del contenedor. El producto por rociar (generalmente un líquido o una espuma) se encuentra en el fondo del recipiente, mientras que en la parte superior se coloca el gas presurizado en capas.
Al abrir la válvula, el gas «empuja» el producto hacia el tubo y en dirección a la válvula de salida.
La válvula está diseñada para extender el producto de manera uniforme y perfectamente mezclada con aire en forma de aerosol.
Dependiendo de cómo esté diseñada la válvula, se puede obtener un aerosol más corto o uno más largo, una espuma o una nube, gotas grandes o muy finas.
Hasta aquí su funcionamiento y aplicaciones, pero este producto tiene una desventaja principal: la presión del recipiente. Los contenedores de hoy en día están construidos con criterios de seguridad muy amplios, pero aun así es necesario evitar someter el contenedor a temperaturas superiores 50°C.

Sostenibilidad

En el pasado, se había encontrado un gas propelente aparentemente muy ventajoso, porque al no ser inflamable reducía en gran medida el riesgo de uso global del producto. Más adelante se descubrió que dañaba el medio ambiente y fue eliminado su uso.
Son los llamados CFC (nocivos para el ozono de las partes altas de la atmósfera) que han sido prohibidos durante mucho tiempo en toda Europa.
El problema ha sido tan percibido por la opinión pública que muchas personas, incluso hoy en día, piensan erróneamente que los productos en aerosol son dañinos para el ozono. En cambio, los productos en aerosol han reemplazado a este propelente desde principios de los años 90.
Finalmente y relativo a la economía circular del producto, una vez el contenido se ha acabado el embalaje de aerosol es perfecta y completamente reciclable.

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